Una niña y sus cassettes
En 2015 me senté por primera vez frente a Ale Cabané. Nos habían presentado unos amigos en común que trabajaban en banca, y yo llegué a esas sesiones en un momento en que necesitaba a alguien que me hiciera las preguntas correctas en lugar de darme respuestas fáciles. Ella apenas estaba arrancando como coach. Salí con más claridad de la que había llevado, y con la impresión de que aquello todavía no era un negocio para ella, sino una vocación buscando forma.
Lo que no supe entonces, y me vine a enterar años después, es cómo había empezado todo.
Imagínese una niña de doce años, escuchando cassettes de desarrollo personal. No música. No radio. Audiolibros de Tony Robbins, el autor y conferencista que llena estadios enteros enseñando a la gente a cambiar su vida.
Nadie se lo pidió. Nadie en la casa le dijo que eso servía para algo. Simplemente había algo adentro con hambre de aprender, y esa fue la forma que encontró de alimentarlo.
Antes de eso, más chiquita todavía, tenía otra idea fija: quería ser presidente. La lógica era de niña y era impecable. ¿Quién habla en público? Un presidente. Ella siempre supo, desde que tiene memoria, que había nacido para influir, para persuadir, para hablar. A esa edad el único trabajo que conocía con esa descripción era la Presidencia de la República.
Le tomaría treinta años entender que la vocación era correcta y el puesto estaba equivocado.

El desvío
Siguiendo esa intuición de infancia, exploró la posibilidad de una carrera en política. No funcionó. Lo dice sin drama y sin resentimiento, con esa claridad que da haberlo procesado: no le gustó, cero juicio, simplemente no era lo suyo.
Entonces se fue a finanzas. Y ahí sí encajó, porque siempre le han gustado los retos y porque es, por naturaleza, eficiente. Estudió en Southern Methodist University. Trabajó en banca, incluyendo su paso por Grupo Financiero Ficohsa Guatemala, y trabajó también para un family office, ese mundo discreto donde se administra el patrimonio de familias enteras y donde los problemas casi nunca son solo números.
Vista de lejos, esa etapa parece un desvío de quince años. Una mujer con vocación de hablarle a la gente, encerrada en hojas de cálculo y comités.
Ella lo lee al revés. En retrospectiva se dio cuenta de que en banca y en el family office siempre estuvo haciendo lo mismo: resolver problemas de otros, en distintos niveles y contextos. La materia prima cambiaba, el músculo era el mismo. Y el rigor financiero le dejó algo que hoy la distingue de mucho coach de frase bonita: un enfoque analítico, sistemático, orientado a resultados que se pueden medir.
Cuatrocientos y diez
El giro no empezó con una decisión de carrera. Empezó con una decisión personal.
Ale contrató un coach porque quería llevar su propia vida a otro nivel. Después se certificó ella misma, y aquí está el detalle que vale la pena subrayar: no lo hizo para montar un negocio. Lo hizo porque seguía buscando respuestas para sí misma. Nunca pensó que aquello se iba a convertir en una profesión. Esa fue la etapa en que la conocí, cuando todavía estaba tomando sus primeros clientes en Guatemala.
Fue ese mismo coach quien le pasó el dato. Había una posición abierta en el equipo de Tony Robbins. Aplicó.
Aplicaron cuatrocientas personas. Contrataron a diez. Ella fue una de las diez.
Estuvo seis años ahí, dentro de la maquinaria del hombre cuyos casetes había escuchado a los doce. De esa etapa se trajo, entre muchas cosas, una frase que al principio no entendió y que hoy usa todo el tiempo: el tiempo es una emoción. Le tomó años digerirla. La conclusión a la que llegó es que la impaciencia casi nunca se trata de velocidad. Cuando alguien siente que algo está tardando demasiado, casi siempre lo que hay debajo es falta de fe. No es que quiera que el reloj corra más rápido. Es que no está seguro de que va a llegar.

Lo que quitó
Hoy trabaja uno a uno, sobre todo con CEOs, fundadores y líderes de empresa. Lleva más de nueve mil sesiones acumuladas. Tiene clientes de diez años, a quienes ha acompañado en bodas y en nacimientos de hijos. Y tiene clientes de una sola sesión, que para ella cuentan igual, porque su meta declarada es que la persona deje de necesitarla.
Pero lo más interesante de su método es lo que decidió quitar.
Al principio hacía lo que el cliente le pedía. Si el cliente decía que necesitaba estrategia de negocio, ella daba estrategia de negocio. Ahí, dice, fue donde empezó a perderse. Hoy lo tiene resuelto y lo dice de frente: no hace estrategia de negocio. No es su rol ni su fuerte. Su terreno es el emocional.
Tampoco arma cronogramas rígidos. Hubo una época en que sí, porque era lo que la gente quería escuchar. Ahora prefiere una guía clara de dónde está la persona y a dónde quiere llegar, con espacio para trabajar sobre lo que está pasando esta semana, no sobre ejemplos abstractos.
Sus preguntas no suenan a consultoría. Suenan a otra cosa. ¿Qué emoción se te está metiendo en el camino? ¿Tienes la capacidad de celebrarte? ¿Sientes gozo en lo que haces? ¿O te sientes más como un robot, irritado, sin paciencia?
Detrás de todo hay una convicción que repite: las creencias son el software de la vida. El techo de todo rendimiento, de todo resultado, de toda relación.
De ahí sale su idea más contraintuitiva, la que va directo contra el mundo en el que vivimos. Consistencia en vez de intensidad. Ella misma pecaba de intensa, queriendo cambiar todo de un solo golpe, armando rutinas gigantes que no pegaban y volviendo siempre al punto de partida.
Siete años
Lo que sí le pegó fue un hábito. Uno solo.
Lleva siete años escribiendo un diario de gratitud todas las mañanas. Al principio era mecánico, cinco cositas y listo. Con el tiempo se volvió otra cosa. Hoy lo describe como oro, como rezo. Ella reza escribiendo. Gratitud por lo pasado, lo presente y lo que viene. Es su forma de conectar con Dios apenas abre los ojos, de ordenar los pensamientos antes de que el día se los desordene.
Y ahí está el punto que a ella le importa más que la parte espiritual. Cada vez que cumple lo que se prometió, crece adentro una habilidad que se llama confianza personal. Porque uno confía en quien honra su palabra, en quien se acuerda del cumpleaños, en quien no cuenta los secretos. Cuando esa persona es uno mismo, todo lo demás se acomoda.
Su definición de plenitud no tiene nada que ver con cifras. Es estar en paz, sentir que lo que tiene es suficiente y sentirse bien consigo misma. Y advierte una trampa: mucha gente define la paz como la ausencia de problemas. Eso no es paz, dice. Eso es control.
También identificó cuál es el primer techo que uno se pone. No es la falta de talento ni de dinero. Es la autosuficiencia. El "yo no necesito ayuda", el "yo qué voy a aprender", el "yo no estoy loco para ir a terapia". Su antídoto es una pregunta que incomoda: ¿qué te estás perdiendo por creer que ya lo sabes todo?
Fuera del trabajo uno a uno, forma parte de la Junta Directiva de Fundación AYUVI, que atiende a niños con cáncer en Guatemala. Y corre maratones, donde ha aprendido en carne propia lo mismo que enseña: el kilómetro cuarenta no se gana con intensidad, se gana con haber decidido en el kilómetro cero.
No soy un observador neutral en esta historia y no pretendo serlo. Diez años después de aquellas sesiones sigo usando cosas que aprendí ahí. Pero hay algo en este perfil que va más allá de mi gratitud, y es que la historia es profundamente guatemalteca aunque el nombre de Tony Robbins la haga sonar importada. Una niña de acá que se educó sola con casetes prestados del mundo. Que se fue a competir a las ligas grandes y ganó un lugar entre cuatrocientos. Y que en lugar de quedarse allá, volvió a sentarse frente a empresarios chapines a hacerles las preguntas que nadie más les hace.

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